sábado, 13 de marzo de 2010

9.


Esa tormenta riza el aire. Su relumbre ciruela.
Sobre todo, sigue vacía la silla
en su eterna espera soportando el peso
de su oquedad.
Algo que cae, casi ingrávido,
entre el eco de signos,
en su húmedo ambiente. Rígido arrecife,
aliento endurecido, canto
solidificado. Pone un orden
desquiciado en su propia cualidad
de esfera. Perfecto mundo
que solo exhibe la textura
de la duda, la transparencia turbia
de una piel como una playa
remota.
No hay evolución
sino el desplazamiento imperceptible
de una materia en su constante
no lugar. Sin origen. Como decir
sin propósito ni destino. Durando
en la previsible
imagen del remolino de hojas secas.

(1987)

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