l.
Solo una esfera de silencio:
no eran embarcaciones sumergidas en tu cerebro.
La única alternativa cuando se despedían
y entraban en el cuerpo de los árboles negros.
Yo narraba la historia:
se disolvía en tu lengua para mojar
aquella era marchita, muerta
para siempre con las bicicletas
que se iban hacia el Barrio López.
De pronto era la noche la que caminaba sobre las hojas secas
de aquel rincón del parque. Podría aparecer
un rostro helado del fondo del arroyo,
con los ojos abiertos,
un rostro en el hielo de una vida anterior.
Tu genealogía era para mí la piel dulce y caliente
que exploré desarmado, desamado hasta aquel día.
Podrías abrir tu camisa por primera vez,
dejar que saltaran tus pezones pequeños
para encender la lluvia de mis manos,
dejar a tu madre muerta para siempre
junto a tu alcohólico padre,
caminar sobre las columnas finas y blancas
de tus piernas hacia el claro de los suicidas:
aquella zona extraña que alteraba mi sensibilidad.
Yo adoraba tus rodillas arrodillado
y asombrado del resplandor blanco en la oscuridad,
la hoguera que giraba en tu nuca
aunque en aquel momento
tu fuga tenía el incorpóreo erotismo
de las mujeres de Paul Delvaux.
Podría escribir innumerables inútiles exploraciones
en aquellos mapas de locura verdadera.
No existía otra historia:
solo la sensación de un deslizamiento hacia
una ilusión, hacia un infierno mental
de insectos volando en círculos
alrededor de las lámparas de neón.
(1985)
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