13.
POEMA INNOMINADO l
En ese interior hay
como sombra en la luz y
luz en la sombra, una incierta y suave
persistencia que se impone tenue
de modo que las palabras
tienen su silencio (un reverso
constante) y los objetos parecen
estar desde siempre en esa quietud. Su manera
ilusoria de salir
de la entropía temporal. Sombra ambarina,
luminosidad jaspeada. Lo que se dice
no tiene relevancia. Lo significativo
es la forma de decir: el rodeo, la deriva de ignorar
origen y destino, el frágil
y sinuoso hilo tensado por una especie
de nada. La sensación de falla, de
incurrir en un error enorme: un paño
cubriendo un abismo,
exhibiendo en su superficie
una inútil y llameante signatura, una
constelación gratuita o un
reflejo oscurecido que no aclara nada
pero que es en si mismo
su propia ficción. La maleza salvaje
cerca y pone en peligro
la tranquila seguridad de la casa, la
permanencia de la ciudad. Por ahí se escurre
lo que parecía constante: una forma
cerrada y perfecta. Por ahí
penetra el tiempo que disuelve y da esplendor
inagotable a los detalles, es decir, a los
efímeros instantes, quiebra al
pensamiento y su arquitectura después de
hacer uso de él para definirse, exhibirse como
estética o exorcizarse como delirio. Nunca
habrá equilibrio, que es a lo último que se
puede aspirar después de la pérdida de
una definición absoluta. Tomarlo,
apropiarlo para seguir detrás de una
expectativa que nunca se consuma explorando
el lado verosímil de la falacia o dejarlo
en el tenso borde que anula todo acto. Abre el vasto
estuario de una pausa que crea un
universo irresoluto y sin lenguaje.
(1989)
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