8. UN TEXTO SUPERFLUO (fragmentos)
***
Raíces emergentes como la cabellera de la Medusa en los claroscuros
feéricos que iluminaban lo que parecía una torpeza de la percepción, esa
torpeza que incitaba a imaginar, desplazar la materia
de la pintura, situarla en el mundo real
para transformarlo, encantarlo. Contemplador activo
fascinado por el concepto de perspectiva aérea
después de haberlo experimentado intuitivamente desde la infancia,
la tenue y vaga distancia que difumina el límite
entre la tierra y el cielo, imaginador de cúpulas
en lo que solo eran grupos de álamos y plátanos
bajo un aguacero o entre la cerrazón resplandeciente que
ocultaba la fuente de su luminosidad,
campos que parecían piedras cubiertas por el musgo
dentro de un aire líquido y sin movimiento, lugar para
las exploraciones silenciosas en un asombro secreto,
intangible: erotismo que sobrevuela
la tensión entre conocimiento y estética. La
imposibilidad de comunicar con palabras
abre la vastedad de esa estrategia desconocida
hasta entonces: comunicar a través de aproximaciones
irrisorias de criaturas que se creía
pertenecientes a mundos distantes como si las
pinturas estudiadas hubieran sido las primeras imágenes
contempladas y hubieran precedido
a las palabras, poética que no tiene otra salida
que reproducirse a si misma, negada
por lo que entiende por poesía y que adquiere
su ser precisamente por esa antimomia
nacida de esa parálisis (o paraíso) de la sensibilidad
como la superación de los límites que
para el pintor significan el papel o el lienzo. Se abría
camino a través de imposturas estetizantes
y lugares comunes para alcanzar una consumación incompleta
empañada por la sensación de fracaso, puesta en duda
de continuo, anulando toda la experiencia anterior
y recomenzando cada día de la nada, como salpicaduras
azarosas que parecen formar una imagen solo
concebible en una mente que desperdicia sus energías
por pura costumbre. No existe nada
mas que esta frase que se percibe a si misma
y no consigue determinar su propósito:
insiste en su vértigo, en cierta intensidad sentida
como un hallazgo que debe superarse de inmediato.
***
Una mente trashumante de día en día
no queda en ninguna parte, no se ata a nada.
Así de simple: no se proyecta hacia su
consumación, se confunde con el ruido de hojas,
con la desaparición de sus ancestros
a la hora del atardecer.
Ningún signo sobre la arena, ninguna
respiración entre la oscuridad.
Es enorme la distancia entre los extraños,
es inmenso el silencio entre personas
familiares (nada para decir), la mente en blanco,
sentados en el jardín ese atardecer de verano
se habla de los muertos recientes
como si aún estuvieran vivos, como si no se los
hubiera visto en el último mes,
como si hubieran hecho un viaje de
vacaciones. Aquellas voces tan conocidas
sonando en la memoria, mas verdaderas
que los rostros que se desvanecen
borrando sus detalles, todo dentro de un enigma
con el color de las cosas en esa hora. Nunca
hablamos, solo un roce de los cuerpos
es suficiente y necesario.
Nuestras voces vienen de un lugar
vacío de ideas, tan inconciente
como si nunca hubiera existido.
Parece imposible extraer algo vivo del tedio,
algo deslumbrante de la esterilidad absoluta.
Parece imposible encontrar territorios ignotos
en una sensibilidad atrofiada. Buscamos
a los otros caminando a ciegas,
buscamos
mas que su materia sólida
y previsible, sus apariciones,
creando una leyenda
de un aire inerte poblado de
árboles opacos y polvorientos,
construyendo una mitología
de una historia improbable,
escuchando susurros persuasivos
de palabras solas dichas en las sombras
de los jardines. Esa cercanía tuya
es un placebo, un engaño necesario
mas real que todo deseo ilusorio
y trascendente. Así, consolado
por una vacua costumbre, por una
comunicante tibieza anticipada por un
cúmulo de palabras y de ideas
que no explican nada. Ese cercano
límite de la ciudad que nunca se alcanza
paseando, ese detenimiento para preguntarse
hacia dónde evoluciona esa disolución,
esa certeza de minúsculas destrucciones que corroe
cada instante: débiles mareos que cercan el pensamiento,
sutiles desvanecimientos que nos
dicen que la memoria es un soplo,
una imagen que se diluye: una manera
de volver a nacer, cubrirlo todo con una pátina
de sentido y belleza, una necesidad
de proyectar otras dimensiones a esa apariencia
que llamamps devenir, como alcanzar
una especie de instante eterno, un
cruce de varios puntos de vista
sobre un objeto cambiante, percepción
de deterioros y esplendores
que nuestra edad niega y confirma. Lucidez
oscura, dolorosa plenitud
de una agonía que se pierde sutilmente
como una minuciosa forma de goteo
asegurando con la saensibilidad
esa tierra que se hunde hacia su nadir.
Interiores sumergidos que necesitan
una potencia atávica para emerger y que tienen
relación mas con el instinto de supervivencia
que con el edificio de las ideas. Botánicas
caóticas y proliferantes
mas relevantes que el orden establecido
de los significados que parecen perdurar
solo por mérito de esa esfera apolínea
de tedio acostumbrado. Así, asimilas
todos los temperamentos que conocí y que
todavía no explico pero que solo puedo atrapar
en esta sucesión de palabras de modo
que si tuvieras una esencia sería imposible
definirla porque ambos carecemos
de centro, ambos somos un continuo (ni siquiera
una experiencia
ya que ésta es una forma de la quietud.
(1986 - 1991)
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