14.
Esa cadencia dice mucho de nosotros.
Cadencia como una red que acecha, de alguna
manera, sólida en la crispación
destemplada de la noche. Mas que contenido,
forma que se disuelve
en una especie de sonámbula inoperancia,
la misma que nos arrastra
por la deriva en declive del día hacia la noche
cuando somos menos reales y nos levantamos
con sed por un vaso de agua. Preguntac
que se repite como una resonancia, se vuelve
oscilante respuesta, multiplicando palabras
y velando su sentido. Quedan resonando
con un destello tenue, perdidas en un mar de nada
como la misma nada enigmática
que se extiende entre poema y poema. Siempre
este ambiguo proemio, siempre la palabra siempre
como una postergación o una
explicación que no cierra. Presencia
que se esperaba pero que
decepciona por un pequeño detalle
que trae el desorden a todas las cosas. A la
noción de todas las cosas. Nos quedamos en un suburbio
olfateando la mínima relevancia de los matices,
distanciados, con manos tendidas
que no llegan.
lunes, 22 de marzo de 2010
miércoles, 17 de marzo de 2010
13.
POEMA INNOMINADO l
En ese interior hay
como sombra en la luz y
luz en la sombra, una incierta y suave
persistencia que se impone tenue
de modo que las palabras
tienen su silencio (un reverso
constante) y los objetos parecen
estar desde siempre en esa quietud. Su manera
ilusoria de salir
de la entropía temporal. Sombra ambarina,
luminosidad jaspeada. Lo que se dice
no tiene relevancia. Lo significativo
es la forma de decir: el rodeo, la deriva de ignorar
origen y destino, el frágil
y sinuoso hilo tensado por una especie
de nada. La sensación de falla, de
incurrir en un error enorme: un paño
cubriendo un abismo,
exhibiendo en su superficie
una inútil y llameante signatura, una
constelación gratuita o un
reflejo oscurecido que no aclara nada
pero que es en si mismo
su propia ficción. La maleza salvaje
cerca y pone en peligro
la tranquila seguridad de la casa, la
permanencia de la ciudad. Por ahí se escurre
lo que parecía constante: una forma
cerrada y perfecta. Por ahí
penetra el tiempo que disuelve y da esplendor
inagotable a los detalles, es decir, a los
efímeros instantes, quiebra al
pensamiento y su arquitectura después de
hacer uso de él para definirse, exhibirse como
estética o exorcizarse como delirio. Nunca
habrá equilibrio, que es a lo último que se
puede aspirar después de la pérdida de
una definición absoluta. Tomarlo,
apropiarlo para seguir detrás de una
expectativa que nunca se consuma explorando
el lado verosímil de la falacia o dejarlo
en el tenso borde que anula todo acto. Abre el vasto
estuario de una pausa que crea un
universo irresoluto y sin lenguaje.
(1989)
POEMA INNOMINADO l
En ese interior hay
como sombra en la luz y
luz en la sombra, una incierta y suave
persistencia que se impone tenue
de modo que las palabras
tienen su silencio (un reverso
constante) y los objetos parecen
estar desde siempre en esa quietud. Su manera
ilusoria de salir
de la entropía temporal. Sombra ambarina,
luminosidad jaspeada. Lo que se dice
no tiene relevancia. Lo significativo
es la forma de decir: el rodeo, la deriva de ignorar
origen y destino, el frágil
y sinuoso hilo tensado por una especie
de nada. La sensación de falla, de
incurrir en un error enorme: un paño
cubriendo un abismo,
exhibiendo en su superficie
una inútil y llameante signatura, una
constelación gratuita o un
reflejo oscurecido que no aclara nada
pero que es en si mismo
su propia ficción. La maleza salvaje
cerca y pone en peligro
la tranquila seguridad de la casa, la
permanencia de la ciudad. Por ahí se escurre
lo que parecía constante: una forma
cerrada y perfecta. Por ahí
penetra el tiempo que disuelve y da esplendor
inagotable a los detalles, es decir, a los
efímeros instantes, quiebra al
pensamiento y su arquitectura después de
hacer uso de él para definirse, exhibirse como
estética o exorcizarse como delirio. Nunca
habrá equilibrio, que es a lo último que se
puede aspirar después de la pérdida de
una definición absoluta. Tomarlo,
apropiarlo para seguir detrás de una
expectativa que nunca se consuma explorando
el lado verosímil de la falacia o dejarlo
en el tenso borde que anula todo acto. Abre el vasto
estuario de una pausa que crea un
universo irresoluto y sin lenguaje.
(1989)
martes, 16 de marzo de 2010
12.
El invierno es un temblor blanco, una pared iluminada por un sol
desarmado. Así, la ausencia de la belleza impregna también la ima-
ginación. El rostro enfermo no deja recuerdo. El dolor es la causa
del olvido. Tu guitarra atraviesa el aire transparente de la noche,
aliada de los paraísos y de los perros miserables. Bagualas y zam-
bas de inexistentes parajes. Tal vez fuiste el primer artista que co-
nocí, en aquella era que parece un desprendimiento que negara el
paso del tiempo, empecinado por quedarse y sobrevivir en mi men-
te por necesidad de un resplandor perenne para enfrentar la inmi-
nencia de la tiniebla. Los rostros desaparecen, quedan blancos en
mi memoria como ideas, cuando la búsqueda es encontrar un estí-
mulo sensible, una apariencia material para volver a aquel lugar.
Aquellas formas de vida que no tienen referente en la realidad ac-
tual, y que yo relaciono con la juventud de mis padres: los campos
nocturnos, el aroma a pasto mojado y la locura de los bichos de
luz alrededor de las rodillas. La amenaza del impulso de desapare-
cer transtorna la opacidad del mundo, un deterioro de la energía
que tendría que concentrarse. No recupero acorde alguno ni la esen-
cia de aquel tiempo. Debo destruir lo que creí evolución y aprendi-
zaje. La infancia de mi poesía está impregnada de aquellos aromas
y de aquellos sonidos. Me despierto cada día midiendo las ideas que
me separan de aquellas orillas de luz cegadora. Desvanecidos mundos
de especulación. Solo la experiencia de reencontrarme me puede de-
volver el origen. Un punto de referencia como aquella minúscula i-
magen religiosa que resplandecía en la oscuridad del cuarto de mis
abuelos y que yo miraba hipnoptizado y desvelado sin saber la ra-
zón: solo que era una realidad que no sabía de preguntas. Estaba allí
en la pieza mientras todos dormían y parecía tener alguna relación
con la luz de la luna y las flores del cedrón de la cruz que yo no podía
ver pero sí oler desde la almohada mojada por mi sudor. Ellos no
podrían reconocerme ahora ni entender porqué cambió mi rostro.
(1991)
El invierno es un temblor blanco, una pared iluminada por un sol
desarmado. Así, la ausencia de la belleza impregna también la ima-
ginación. El rostro enfermo no deja recuerdo. El dolor es la causa
del olvido. Tu guitarra atraviesa el aire transparente de la noche,
aliada de los paraísos y de los perros miserables. Bagualas y zam-
bas de inexistentes parajes. Tal vez fuiste el primer artista que co-
nocí, en aquella era que parece un desprendimiento que negara el
paso del tiempo, empecinado por quedarse y sobrevivir en mi men-
te por necesidad de un resplandor perenne para enfrentar la inmi-
nencia de la tiniebla. Los rostros desaparecen, quedan blancos en
mi memoria como ideas, cuando la búsqueda es encontrar un estí-
mulo sensible, una apariencia material para volver a aquel lugar.
Aquellas formas de vida que no tienen referente en la realidad ac-
tual, y que yo relaciono con la juventud de mis padres: los campos
nocturnos, el aroma a pasto mojado y la locura de los bichos de
luz alrededor de las rodillas. La amenaza del impulso de desapare-
cer transtorna la opacidad del mundo, un deterioro de la energía
que tendría que concentrarse. No recupero acorde alguno ni la esen-
cia de aquel tiempo. Debo destruir lo que creí evolución y aprendi-
zaje. La infancia de mi poesía está impregnada de aquellos aromas
y de aquellos sonidos. Me despierto cada día midiendo las ideas que
me separan de aquellas orillas de luz cegadora. Desvanecidos mundos
de especulación. Solo la experiencia de reencontrarme me puede de-
volver el origen. Un punto de referencia como aquella minúscula i-
magen religiosa que resplandecía en la oscuridad del cuarto de mis
abuelos y que yo miraba hipnoptizado y desvelado sin saber la ra-
zón: solo que era una realidad que no sabía de preguntas. Estaba allí
en la pieza mientras todos dormían y parecía tener alguna relación
con la luz de la luna y las flores del cedrón de la cruz que yo no podía
ver pero sí oler desde la almohada mojada por mi sudor. Ellos no
podrían reconocerme ahora ni entender porqué cambió mi rostro.
(1991)
lunes, 15 de marzo de 2010
11.
No encontramos reposo. Buscamos ese reposo
indescriptible de la muerte del día, esa
abertura en el vacío cuando el viento
crea el caos en el patio con su luz oscurecida
que parece venir de ningún lugar.
Emana de su propia vida silenciosa
como una cualidad que no conocemos.
Algo constante vislumbrado
en la evidencia de los cambios,
en el asombro de un nuevo estado.
(1987)
No encontramos reposo. Buscamos ese reposo
indescriptible de la muerte del día, esa
abertura en el vacío cuando el viento
crea el caos en el patio con su luz oscurecida
que parece venir de ningún lugar.
Emana de su propia vida silenciosa
como una cualidad que no conocemos.
Algo constante vislumbrado
en la evidencia de los cambios,
en el asombro de un nuevo estado.
(1987)
sábado, 13 de marzo de 2010
10.
¿Cómo decimos la tonalidad
precisa de ese ambiente
donde las moscas se ponen activas
y algo queda grabado en el agua y no
en el bronce, cuando se rememoran
árboles y no personas, tiempo
que pasa y no la historia? Una constelación
de afectos imprevisibles en su nada:
el destello de unas manos
que escriben sutilmente un movimiento
para ser perdido. Escribir
el contorno de las fronteras
infranqueables. La nebulosa
pétrea que está ahí, al alcance de
las mismas manos en su esfuerzo imposible,
urdiendo su propia caída
de la casa de Usher, enclaustradas
en esa habitación agobiante
que recibe el color del crepúsculo
en forma de eco. Creando un reino
ambiguo: un tango saboreado con reservas
en un momento de ocio o
de pérdida de orientación, guiado
por el reducido espectro de un instinto
animal. Un rastro que solo el olfato
percibe, por ejemplo,
porque la soberbia del método
o la precisión del sistema
se corroen a la intemperie.
(1987)
¿Cómo decimos la tonalidad
precisa de ese ambiente
donde las moscas se ponen activas
y algo queda grabado en el agua y no
en el bronce, cuando se rememoran
árboles y no personas, tiempo
que pasa y no la historia? Una constelación
de afectos imprevisibles en su nada:
el destello de unas manos
que escriben sutilmente un movimiento
para ser perdido. Escribir
el contorno de las fronteras
infranqueables. La nebulosa
pétrea que está ahí, al alcance de
las mismas manos en su esfuerzo imposible,
urdiendo su propia caída
de la casa de Usher, enclaustradas
en esa habitación agobiante
que recibe el color del crepúsculo
en forma de eco. Creando un reino
ambiguo: un tango saboreado con reservas
en un momento de ocio o
de pérdida de orientación, guiado
por el reducido espectro de un instinto
animal. Un rastro que solo el olfato
percibe, por ejemplo,
porque la soberbia del método
o la precisión del sistema
se corroen a la intemperie.
(1987)
9.
Esa tormenta riza el aire. Su relumbre ciruela.
Sobre todo, sigue vacía la silla
en su eterna espera soportando el peso
de su oquedad.
Algo que cae, casi ingrávido,
entre el eco de signos,
en su húmedo ambiente. Rígido arrecife,
aliento endurecido, canto
solidificado. Pone un orden
desquiciado en su propia cualidad
de esfera. Perfecto mundo
que solo exhibe la textura
de la duda, la transparencia turbia
de una piel como una playa
remota.
No hay evolución
sino el desplazamiento imperceptible
de una materia en su constante
no lugar. Sin origen. Como decir
sin propósito ni destino. Durando
en la previsible
imagen del remolino de hojas secas.
(1987)
Esa tormenta riza el aire. Su relumbre ciruela.
Sobre todo, sigue vacía la silla
en su eterna espera soportando el peso
de su oquedad.
Algo que cae, casi ingrávido,
entre el eco de signos,
en su húmedo ambiente. Rígido arrecife,
aliento endurecido, canto
solidificado. Pone un orden
desquiciado en su propia cualidad
de esfera. Perfecto mundo
que solo exhibe la textura
de la duda, la transparencia turbia
de una piel como una playa
remota.
No hay evolución
sino el desplazamiento imperceptible
de una materia en su constante
no lugar. Sin origen. Como decir
sin propósito ni destino. Durando
en la previsible
imagen del remolino de hojas secas.
(1987)
jueves, 4 de marzo de 2010
8. UN TEXTO SUPERFLUO (fragmentos)
***
Raíces emergentes como la cabellera de la Medusa en los claroscuros
feéricos que iluminaban lo que parecía una torpeza de la percepción, esa
torpeza que incitaba a imaginar, desplazar la materia
de la pintura, situarla en el mundo real
para transformarlo, encantarlo. Contemplador activo
fascinado por el concepto de perspectiva aérea
después de haberlo experimentado intuitivamente desde la infancia,
la tenue y vaga distancia que difumina el límite
entre la tierra y el cielo, imaginador de cúpulas
en lo que solo eran grupos de álamos y plátanos
bajo un aguacero o entre la cerrazón resplandeciente que
ocultaba la fuente de su luminosidad,
campos que parecían piedras cubiertas por el musgo
dentro de un aire líquido y sin movimiento, lugar para
las exploraciones silenciosas en un asombro secreto,
intangible: erotismo que sobrevuela
la tensión entre conocimiento y estética. La
imposibilidad de comunicar con palabras
abre la vastedad de esa estrategia desconocida
hasta entonces: comunicar a través de aproximaciones
irrisorias de criaturas que se creía
pertenecientes a mundos distantes como si las
pinturas estudiadas hubieran sido las primeras imágenes
contempladas y hubieran precedido
a las palabras, poética que no tiene otra salida
que reproducirse a si misma, negada
por lo que entiende por poesía y que adquiere
su ser precisamente por esa antimomia
nacida de esa parálisis (o paraíso) de la sensibilidad
como la superación de los límites que
para el pintor significan el papel o el lienzo. Se abría
camino a través de imposturas estetizantes
y lugares comunes para alcanzar una consumación incompleta
empañada por la sensación de fracaso, puesta en duda
de continuo, anulando toda la experiencia anterior
y recomenzando cada día de la nada, como salpicaduras
azarosas que parecen formar una imagen solo
concebible en una mente que desperdicia sus energías
por pura costumbre. No existe nada
mas que esta frase que se percibe a si misma
y no consigue determinar su propósito:
insiste en su vértigo, en cierta intensidad sentida
como un hallazgo que debe superarse de inmediato.
***
Una mente trashumante de día en día
no queda en ninguna parte, no se ata a nada.
Así de simple: no se proyecta hacia su
consumación, se confunde con el ruido de hojas,
con la desaparición de sus ancestros
a la hora del atardecer.
Ningún signo sobre la arena, ninguna
respiración entre la oscuridad.
Es enorme la distancia entre los extraños,
es inmenso el silencio entre personas
familiares (nada para decir), la mente en blanco,
sentados en el jardín ese atardecer de verano
se habla de los muertos recientes
como si aún estuvieran vivos, como si no se los
hubiera visto en el último mes,
como si hubieran hecho un viaje de
vacaciones. Aquellas voces tan conocidas
sonando en la memoria, mas verdaderas
que los rostros que se desvanecen
borrando sus detalles, todo dentro de un enigma
con el color de las cosas en esa hora. Nunca
hablamos, solo un roce de los cuerpos
es suficiente y necesario.
Nuestras voces vienen de un lugar
vacío de ideas, tan inconciente
como si nunca hubiera existido.
Parece imposible extraer algo vivo del tedio,
algo deslumbrante de la esterilidad absoluta.
Parece imposible encontrar territorios ignotos
en una sensibilidad atrofiada. Buscamos
a los otros caminando a ciegas,
buscamos
mas que su materia sólida
y previsible, sus apariciones,
creando una leyenda
de un aire inerte poblado de
árboles opacos y polvorientos,
construyendo una mitología
de una historia improbable,
escuchando susurros persuasivos
de palabras solas dichas en las sombras
de los jardines. Esa cercanía tuya
es un placebo, un engaño necesario
mas real que todo deseo ilusorio
y trascendente. Así, consolado
por una vacua costumbre, por una
comunicante tibieza anticipada por un
cúmulo de palabras y de ideas
que no explican nada. Ese cercano
límite de la ciudad que nunca se alcanza
paseando, ese detenimiento para preguntarse
hacia dónde evoluciona esa disolución,
esa certeza de minúsculas destrucciones que corroe
cada instante: débiles mareos que cercan el pensamiento,
sutiles desvanecimientos que nos
dicen que la memoria es un soplo,
una imagen que se diluye: una manera
de volver a nacer, cubrirlo todo con una pátina
de sentido y belleza, una necesidad
de proyectar otras dimensiones a esa apariencia
que llamamps devenir, como alcanzar
una especie de instante eterno, un
cruce de varios puntos de vista
sobre un objeto cambiante, percepción
de deterioros y esplendores
que nuestra edad niega y confirma. Lucidez
oscura, dolorosa plenitud
de una agonía que se pierde sutilmente
como una minuciosa forma de goteo
asegurando con la saensibilidad
esa tierra que se hunde hacia su nadir.
Interiores sumergidos que necesitan
una potencia atávica para emerger y que tienen
relación mas con el instinto de supervivencia
que con el edificio de las ideas. Botánicas
caóticas y proliferantes
mas relevantes que el orden establecido
de los significados que parecen perdurar
solo por mérito de esa esfera apolínea
de tedio acostumbrado. Así, asimilas
todos los temperamentos que conocí y que
todavía no explico pero que solo puedo atrapar
en esta sucesión de palabras de modo
que si tuvieras una esencia sería imposible
definirla porque ambos carecemos
de centro, ambos somos un continuo (ni siquiera
una experiencia
ya que ésta es una forma de la quietud.
(1986 - 1991)
***
Raíces emergentes como la cabellera de la Medusa en los claroscuros
feéricos que iluminaban lo que parecía una torpeza de la percepción, esa
torpeza que incitaba a imaginar, desplazar la materia
de la pintura, situarla en el mundo real
para transformarlo, encantarlo. Contemplador activo
fascinado por el concepto de perspectiva aérea
después de haberlo experimentado intuitivamente desde la infancia,
la tenue y vaga distancia que difumina el límite
entre la tierra y el cielo, imaginador de cúpulas
en lo que solo eran grupos de álamos y plátanos
bajo un aguacero o entre la cerrazón resplandeciente que
ocultaba la fuente de su luminosidad,
campos que parecían piedras cubiertas por el musgo
dentro de un aire líquido y sin movimiento, lugar para
las exploraciones silenciosas en un asombro secreto,
intangible: erotismo que sobrevuela
la tensión entre conocimiento y estética. La
imposibilidad de comunicar con palabras
abre la vastedad de esa estrategia desconocida
hasta entonces: comunicar a través de aproximaciones
irrisorias de criaturas que se creía
pertenecientes a mundos distantes como si las
pinturas estudiadas hubieran sido las primeras imágenes
contempladas y hubieran precedido
a las palabras, poética que no tiene otra salida
que reproducirse a si misma, negada
por lo que entiende por poesía y que adquiere
su ser precisamente por esa antimomia
nacida de esa parálisis (o paraíso) de la sensibilidad
como la superación de los límites que
para el pintor significan el papel o el lienzo. Se abría
camino a través de imposturas estetizantes
y lugares comunes para alcanzar una consumación incompleta
empañada por la sensación de fracaso, puesta en duda
de continuo, anulando toda la experiencia anterior
y recomenzando cada día de la nada, como salpicaduras
azarosas que parecen formar una imagen solo
concebible en una mente que desperdicia sus energías
por pura costumbre. No existe nada
mas que esta frase que se percibe a si misma
y no consigue determinar su propósito:
insiste en su vértigo, en cierta intensidad sentida
como un hallazgo que debe superarse de inmediato.
***
Una mente trashumante de día en día
no queda en ninguna parte, no se ata a nada.
Así de simple: no se proyecta hacia su
consumación, se confunde con el ruido de hojas,
con la desaparición de sus ancestros
a la hora del atardecer.
Ningún signo sobre la arena, ninguna
respiración entre la oscuridad.
Es enorme la distancia entre los extraños,
es inmenso el silencio entre personas
familiares (nada para decir), la mente en blanco,
sentados en el jardín ese atardecer de verano
se habla de los muertos recientes
como si aún estuvieran vivos, como si no se los
hubiera visto en el último mes,
como si hubieran hecho un viaje de
vacaciones. Aquellas voces tan conocidas
sonando en la memoria, mas verdaderas
que los rostros que se desvanecen
borrando sus detalles, todo dentro de un enigma
con el color de las cosas en esa hora. Nunca
hablamos, solo un roce de los cuerpos
es suficiente y necesario.
Nuestras voces vienen de un lugar
vacío de ideas, tan inconciente
como si nunca hubiera existido.
Parece imposible extraer algo vivo del tedio,
algo deslumbrante de la esterilidad absoluta.
Parece imposible encontrar territorios ignotos
en una sensibilidad atrofiada. Buscamos
a los otros caminando a ciegas,
buscamos
mas que su materia sólida
y previsible, sus apariciones,
creando una leyenda
de un aire inerte poblado de
árboles opacos y polvorientos,
construyendo una mitología
de una historia improbable,
escuchando susurros persuasivos
de palabras solas dichas en las sombras
de los jardines. Esa cercanía tuya
es un placebo, un engaño necesario
mas real que todo deseo ilusorio
y trascendente. Así, consolado
por una vacua costumbre, por una
comunicante tibieza anticipada por un
cúmulo de palabras y de ideas
que no explican nada. Ese cercano
límite de la ciudad que nunca se alcanza
paseando, ese detenimiento para preguntarse
hacia dónde evoluciona esa disolución,
esa certeza de minúsculas destrucciones que corroe
cada instante: débiles mareos que cercan el pensamiento,
sutiles desvanecimientos que nos
dicen que la memoria es un soplo,
una imagen que se diluye: una manera
de volver a nacer, cubrirlo todo con una pátina
de sentido y belleza, una necesidad
de proyectar otras dimensiones a esa apariencia
que llamamps devenir, como alcanzar
una especie de instante eterno, un
cruce de varios puntos de vista
sobre un objeto cambiante, percepción
de deterioros y esplendores
que nuestra edad niega y confirma. Lucidez
oscura, dolorosa plenitud
de una agonía que se pierde sutilmente
como una minuciosa forma de goteo
asegurando con la saensibilidad
esa tierra que se hunde hacia su nadir.
Interiores sumergidos que necesitan
una potencia atávica para emerger y que tienen
relación mas con el instinto de supervivencia
que con el edificio de las ideas. Botánicas
caóticas y proliferantes
mas relevantes que el orden establecido
de los significados que parecen perdurar
solo por mérito de esa esfera apolínea
de tedio acostumbrado. Así, asimilas
todos los temperamentos que conocí y que
todavía no explico pero que solo puedo atrapar
en esta sucesión de palabras de modo
que si tuvieras una esencia sería imposible
definirla porque ambos carecemos
de centro, ambos somos un continuo (ni siquiera
una experiencia
ya que ésta es una forma de la quietud.
(1986 - 1991)
7.
Era mas espectral a medida que la materia se hacía
mas densa, mientras nuestros deseos y nuestros afectos
se perdían. Destellos efímeros como las luciérnagas
alrededor de la casa solariega, entre los sauces y los
fresnos, un poco mas allá del camino, antes del puente
de piedra. Huérfanos verdaderos entregados a la trans-
ferencia sutil de un aliento esencial para ser reconocidos,
hundidos en un perenne silencio de fondo, liberados
del infierno sonoro de las cosas inconexas, separadas
de nosotros desde siempre. Sensibilidades labradas
con paciencia en la calma de la noche, después del de-
sequilibrio insoportable del atardecer. Mensaje imper-
ceptible detrás del velo de los rostros, descifrable solo
por la mirada. Perdidos en lo oscuro de un fragmento
de tiempo comprendíamos, por esa caída, la totalidad.
Era mas espectral a medida que la materia se hacía
mas densa, mientras nuestros deseos y nuestros afectos
se perdían. Destellos efímeros como las luciérnagas
alrededor de la casa solariega, entre los sauces y los
fresnos, un poco mas allá del camino, antes del puente
de piedra. Huérfanos verdaderos entregados a la trans-
ferencia sutil de un aliento esencial para ser reconocidos,
hundidos en un perenne silencio de fondo, liberados
del infierno sonoro de las cosas inconexas, separadas
de nosotros desde siempre. Sensibilidades labradas
con paciencia en la calma de la noche, después del de-
sequilibrio insoportable del atardecer. Mensaje imper-
ceptible detrás del velo de los rostros, descifrable solo
por la mirada. Perdidos en lo oscuro de un fragmento
de tiempo comprendíamos, por esa caída, la totalidad.
6.
La isla de la conversación borra los detalles
del mundo que la rodea, repetida entre espejos
de la tarde violácea hasta el infinito de si misma,
protegida en su atmósfera: coraza o caparazón
secreta. Afuera, las columnas vagas,
los animales taciturnos que huelen la sombra,
el aroma del rocío o la sangre. Ellos levantan
la mirada hacia las constelaciones
confusos y vencidos. Plantas que respiran
el final. Enjambre que vuelve, extraviado,
al mismo lugar a detenerse sobre la mano blanca
de un campo, aparecida de los árboles.
Luna apocalíptica, alquimia enloquecida. Memoria
súbita que colapsa todas las ideas, deja en suspenso
al tiempo ordenado por sus límites. Ahora emerge
la espuma hecha de palabras arbitrarias. La
secreción real de esos troncos putrefactos
es parte de la quimera. Pueblo espectral,
parque obsesivo, pesadilla de insectos
en la ola de calor de un cíclico enero.
Mundo a punto de ser arrastrado por
el agua turbia de un río oscuro y absoluto.
(1986)
La isla de la conversación borra los detalles
del mundo que la rodea, repetida entre espejos
de la tarde violácea hasta el infinito de si misma,
protegida en su atmósfera: coraza o caparazón
secreta. Afuera, las columnas vagas,
los animales taciturnos que huelen la sombra,
el aroma del rocío o la sangre. Ellos levantan
la mirada hacia las constelaciones
confusos y vencidos. Plantas que respiran
el final. Enjambre que vuelve, extraviado,
al mismo lugar a detenerse sobre la mano blanca
de un campo, aparecida de los árboles.
Luna apocalíptica, alquimia enloquecida. Memoria
súbita que colapsa todas las ideas, deja en suspenso
al tiempo ordenado por sus límites. Ahora emerge
la espuma hecha de palabras arbitrarias. La
secreción real de esos troncos putrefactos
es parte de la quimera. Pueblo espectral,
parque obsesivo, pesadilla de insectos
en la ola de calor de un cíclico enero.
Mundo a punto de ser arrastrado por
el agua turbia de un río oscuro y absoluto.
(1986)
miércoles, 3 de marzo de 2010
5.
El pensamiento cristaliza toda evolución y es cristalizado por reflejo: efecto
opuesto, inesperado.
Esta atmósfera es cristalizada por la escritura, que es una manera de pen-
sarla. Atmósfera hecha piedra resplandeciente, pero piedra al fin.
Una escritura de la anulación absoluta de si misma. Otro lugar en ningún
lugar.
Una quimera platónica. Un silencio en su limbo.
(1986)
El pensamiento cristaliza toda evolución y es cristalizado por reflejo: efecto
opuesto, inesperado.
Esta atmósfera es cristalizada por la escritura, que es una manera de pen-
sarla. Atmósfera hecha piedra resplandeciente, pero piedra al fin.
Una escritura de la anulación absoluta de si misma. Otro lugar en ningún
lugar.
Una quimera platónica. Un silencio en su limbo.
(1986)
4.
Este instante como una idea catastrófica
exige precisión. Es un paisaje temporal
minúsculo, inestable como
toda arena o pensamiento
que se piensa. El menor pensamiento
de cada día o el deslumbramiento
que inunda repentino en la noche.
Noche como papel húmedo. Turbio
y febril mapamundi.
Hundimiento
de todas las representaciones: el tiempo
cercenado de lleno por sus opositores
implacables: pasado, presente, futuro. Vértigo
de ese vacío hacia
las antípodas con el mismo síntoma
de estar inmóvil en un jardín,
centro de la circunvalación de la luz
y la sombra. No hay nada peor
que un muro continuo,
viscoso o invisible. Enigma
polinizado
por esa mutante y
abierta siempre sobre
si misma
(1986)
Este instante como una idea catastrófica
exige precisión. Es un paisaje temporal
minúsculo, inestable como
toda arena o pensamiento
que se piensa. El menor pensamiento
de cada día o el deslumbramiento
que inunda repentino en la noche.
Noche como papel húmedo. Turbio
y febril mapamundi.
Hundimiento
de todas las representaciones: el tiempo
cercenado de lleno por sus opositores
implacables: pasado, presente, futuro. Vértigo
de ese vacío hacia
las antípodas con el mismo síntoma
de estar inmóvil en un jardín,
centro de la circunvalación de la luz
y la sombra. No hay nada peor
que un muro continuo,
viscoso o invisible. Enigma
polinizado
por esa mutante y
abierta siempre sobre
si misma
(1986)
3.
Un estado de grial, una magnitud
transparente traspasando todo
sentida como la sombra clara de los pinares
mas allá del temblor alado
del final. Una energía
que ordena las palabras en
un mapa singular que solo parece
saber de mares en movimiento. Oculto
esplendor de fondo, vasto día
cifra de todos los días, enlazando
y afinando todas las órbitas descentradas
por la percepción material del
espacio y del tiempo.
(1985)
Un estado de grial, una magnitud
transparente traspasando todo
sentida como la sombra clara de los pinares
mas allá del temblor alado
del final. Una energía
que ordena las palabras en
un mapa singular que solo parece
saber de mares en movimiento. Oculto
esplendor de fondo, vasto día
cifra de todos los días, enlazando
y afinando todas las órbitas descentradas
por la percepción material del
espacio y del tiempo.
(1985)
martes, 2 de marzo de 2010
2. DECADA (DRIPPING)
Conductos en la arenisca
bajo la corriente,
el movimiento transparente
altera mis sentidos, deforma la memoria. La variedad de colores
mutantes y oscuros bajo el resplandor plano y fugaz,
leídos y sentidos por mis pies helados: el pintor frustrado
que respira en algún lugar de mi mente
se funde en el ejercicio del dolor por la memoria. Toda la existencia
se concentra en ese instante, en ese vértigo efímero
atrapado en el silencio solar de una tarde de enero,
en ese verde silencio y en el arenal ardiente
que tiembla a la altura de mis ojos. Sigo por el lecho del río
intentando sentir el asombro de una curva, la variación
de un nuevo paisaje, luchando con la muerte de mi
mente. Resbalo en el musgo del fondo,
no puedo concentrarme: las gotas de sudor
corren por mis ojos.
No existe respuesta posible a ese intangible rumor líquido,
movimiento sin palabras, decir sin ideas, especie de caos
proliferante o vacío absoluto en espera constante. Los brotes
caliginosos en una silenciosa morada azulada, interior
de antepasados que parecen no haber estado nunca allí,
muebles con el aroma áspero a moho y humedad, melodía
lenta y densa mas allá de esa presencia vaga
como un falso recuerdo pero que aún parece escucharse,
casona adentro de un estanque, campo con niebla,
pastos y tierra negra, dentro de un resplandor
que agudiza y exaspera la sombra inmensa de los
árboles. Mundo dentro de esa especie de
líquido que es un recordar constante en el olvido.
Una corriente sonora
en el hueco que deja el pensamiento
detrás de la mirada encandilada por la luz. No hay cambios,
ni la quietud tiene el mismo sentido. Sonidos atropellados
que se parecen a un rumor ardiente o
a un líquido desconocido que sumerge los pies vacilantes
o al mareo que produce la intensidad:
transtorna y aleja la revelación, el vaivén
de una melodía deteriorada por el sonido seco
de los insectos. Oscuro murmullo
que viene de la sombra, inminencia
de una tormenta.
Conductos en la arenisca
bajo la corriente,
el movimiento transparente
altera mis sentidos, deforma la memoria. La variedad de colores
mutantes y oscuros bajo el resplandor plano y fugaz,
leídos y sentidos por mis pies helados: el pintor frustrado
que respira en algún lugar de mi mente
se funde en el ejercicio del dolor por la memoria. Toda la existencia
se concentra en ese instante, en ese vértigo efímero
atrapado en el silencio solar de una tarde de enero,
en ese verde silencio y en el arenal ardiente
que tiembla a la altura de mis ojos. Sigo por el lecho del río
intentando sentir el asombro de una curva, la variación
de un nuevo paisaje, luchando con la muerte de mi
mente. Resbalo en el musgo del fondo,
no puedo concentrarme: las gotas de sudor
corren por mis ojos.
No existe respuesta posible a ese intangible rumor líquido,
movimiento sin palabras, decir sin ideas, especie de caos
proliferante o vacío absoluto en espera constante. Los brotes
caliginosos en una silenciosa morada azulada, interior
de antepasados que parecen no haber estado nunca allí,
muebles con el aroma áspero a moho y humedad, melodía
lenta y densa mas allá de esa presencia vaga
como un falso recuerdo pero que aún parece escucharse,
casona adentro de un estanque, campo con niebla,
pastos y tierra negra, dentro de un resplandor
que agudiza y exaspera la sombra inmensa de los
árboles. Mundo dentro de esa especie de
líquido que es un recordar constante en el olvido.
Una corriente sonora
en el hueco que deja el pensamiento
detrás de la mirada encandilada por la luz. No hay cambios,
ni la quietud tiene el mismo sentido. Sonidos atropellados
que se parecen a un rumor ardiente o
a un líquido desconocido que sumerge los pies vacilantes
o al mareo que produce la intensidad:
transtorna y aleja la revelación, el vaivén
de una melodía deteriorada por el sonido seco
de los insectos. Oscuro murmullo
que viene de la sombra, inminencia
de una tormenta.
Arboleda: dos décadas de poesía de Carlos Rosas, 1985 - 2005.
l.
Solo una esfera de silencio:
no eran embarcaciones sumergidas en tu cerebro.
La única alternativa cuando se despedían
y entraban en el cuerpo de los árboles negros.
Yo narraba la historia:
se disolvía en tu lengua para mojar
aquella era marchita, muerta
para siempre con las bicicletas
que se iban hacia el Barrio López.
De pronto era la noche la que caminaba sobre las hojas secas
de aquel rincón del parque. Podría aparecer
un rostro helado del fondo del arroyo,
con los ojos abiertos,
un rostro en el hielo de una vida anterior.
Tu genealogía era para mí la piel dulce y caliente
que exploré desarmado, desamado hasta aquel día.
Podrías abrir tu camisa por primera vez,
dejar que saltaran tus pezones pequeños
para encender la lluvia de mis manos,
dejar a tu madre muerta para siempre
junto a tu alcohólico padre,
caminar sobre las columnas finas y blancas
de tus piernas hacia el claro de los suicidas:
aquella zona extraña que alteraba mi sensibilidad.
Yo adoraba tus rodillas arrodillado
y asombrado del resplandor blanco en la oscuridad,
la hoguera que giraba en tu nuca
aunque en aquel momento
tu fuga tenía el incorpóreo erotismo
de las mujeres de Paul Delvaux.
Podría escribir innumerables inútiles exploraciones
en aquellos mapas de locura verdadera.
No existía otra historia:
solo la sensación de un deslizamiento hacia
una ilusión, hacia un infierno mental
de insectos volando en círculos
alrededor de las lámparas de neón.
(1985)
Solo una esfera de silencio:
no eran embarcaciones sumergidas en tu cerebro.
La única alternativa cuando se despedían
y entraban en el cuerpo de los árboles negros.
Yo narraba la historia:
se disolvía en tu lengua para mojar
aquella era marchita, muerta
para siempre con las bicicletas
que se iban hacia el Barrio López.
De pronto era la noche la que caminaba sobre las hojas secas
de aquel rincón del parque. Podría aparecer
un rostro helado del fondo del arroyo,
con los ojos abiertos,
un rostro en el hielo de una vida anterior.
Tu genealogía era para mí la piel dulce y caliente
que exploré desarmado, desamado hasta aquel día.
Podrías abrir tu camisa por primera vez,
dejar que saltaran tus pezones pequeños
para encender la lluvia de mis manos,
dejar a tu madre muerta para siempre
junto a tu alcohólico padre,
caminar sobre las columnas finas y blancas
de tus piernas hacia el claro de los suicidas:
aquella zona extraña que alteraba mi sensibilidad.
Yo adoraba tus rodillas arrodillado
y asombrado del resplandor blanco en la oscuridad,
la hoguera que giraba en tu nuca
aunque en aquel momento
tu fuga tenía el incorpóreo erotismo
de las mujeres de Paul Delvaux.
Podría escribir innumerables inútiles exploraciones
en aquellos mapas de locura verdadera.
No existía otra historia:
solo la sensación de un deslizamiento hacia
una ilusión, hacia un infierno mental
de insectos volando en círculos
alrededor de las lámparas de neón.
(1985)
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