16.
1977
La guitarra de Andrés Segovia aligera el aire de la
tarde, lo amañana, se dispara con el viento seco y
encendido, se va entre los árboles rumbo al campo,
envuelve y suaviza el sonido hueco y seco de los yu-
yos muertos, o se queda como un pozo de agua fres-
ca en la sombra, se combina extraña con los ranchos
y los perros que ladran a los espectros temblorosos
del aire caliente, perros también espectrales, demo-
nios oscuros como oquedades en el ciego resplandor
expansivo, dormitando bajo los naranjos, el viento
cercenado por los alambrados se lleva los arpegios
y los acordes a los bajos, los eleva hacia los altos de
las tenues lomas, los hace tomar el sendero disciplina-
do y secreto de un camino entre pinos de luz oscura
y aroma filoso rumbo a la aparición restauradora de
la calma mas profunda, ese centro impalpable, impo-
sible, de alguna manera sólido, donde se queda el agua
en la tierra, donde entran los pies atónitos a aclararlo
todo, a difuminar el tiempo con el polen, intenso en
todas partes.
(para mis amigos, los hermanos Pablo y Arturo Casalás)
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