jueves, 22 de abril de 2010

15.


LUZ INUNDADA


I


A esa claridad deviene
una abierta caja
de temblores y vigilantes
adormecidos, descuidos y
descubrimientos que asombran. El halo
en el rincón mas lejano
del jardín. La interrupción
traumática de la historia. Vaivén
de hojas lento que hace
caer las gotas de la lluvia
nocturna. Piel verde
de animal que tiene algo de
vegetal. Esa línea no es solo
el horizonte. Es una manera
de moverse, casi imperceptible. Es un
tacto secreto, un roce sutil
que la mirada no ve. La nube
petrificada en el centro, el
halo que retorna. El claror
renovado entre el muro y
la casa de los antepasados, la
voz perdida en la sustancia
polimorfa del tiempo. Habla
difuminada. Palabra nublada. Tarde
con olor a tierra mojada que
hace imaginar el extraño derrotero
de la lluvia, la pirámide
que se desintegra
minuciosamente. La tensa, efímera
forma del triángulo. Por allí
insistían los pájaros.
Un afluente menor de los
grandes ríos, una destilada
sustancia empapando todos los sentidos, todos
los espacios latentes. Se traducía
en un campo de color restringido, en
una sola dirección
que no agotaba el tumulto
edénico de los pájaros. Vuelta
atrás al alba y su atmósfera siempre
indecisa.


II


Bajo un cielo desmesurado
arena. Unidos por una luz irreal.


No es solo el sol a nuestras espladas.


Luz irreal por nuestra mirada
interior. Trama del verano.
Trampa minuciosa.


Distancia cegadora: médano:
cielo cristalizado de mediodía.


Tapiz excéntrico: la materia espectral
se hace corpórea como si una mesa o
un trozo de pared
vinieran de otro mundo hacia nuestro
tacto. Hacia la sed de nuestras
manos. Los objetos concretos
son enviados


a un reino espectral


para volverse
extraños, suspendidos en el
vacío. El
trozo de pared o la mesa
se distancian de nosotros, cruzan
una frontera imposible para
nuestros cuerpos y nuestras mentes (textura
de una quimera,


veladura inconmensurable


(l993)

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